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Sacrificarlo todo con tal de hacer felices a los hijos no conduce a nada bueno

Sacrificarlo todo con tal de hacer felices a los hijos no conduce a nada bueno

Cuando las familias se reúnen en la Navidad, es común que los padres evoquen los días en que sus hijos eran niños y vivían en casa, mientras que estos, ya crecidos deleitan a sus mayores contándoles sus logros del año que expira. Pero hay un creciente grupo de parejas con hijos adultos que tienen una historia muy distinta que contar: una que oigo cada vez más a menudo en mi trabajo como psicóloga clínica.

Conozco unos padres cuyo hijo, de 30 años, aun depende de ellos para pagar el alquiler de una casa. Otra pareja tiene una hija de 22 años a la que todavía le compran ropa. Y se de unos padres ricos que viven preocupados por su hijo de 32 años, quien se la pasa cambiando de empleo mientras que ellos lo subsidian y se lo llevan de vacaciones al extranjero junto con su novia.

La frecuencia de estos casos me hace pensar que, como sociedad estamos fallando en la tarea de preparar a nuestros hijos para valerse solos. Hoy día, lo que los padres más desean en el mundo es la felicidad de sus hijos, pero la manera en que los educan los lleva casi inevitablemente a la desdicha. Los hijos no aprenden nunca a ser autosuficientes porque jamás se ha esperado que lo sean.

La vida familiar ha cambiado a medida que el crecimiento de la economía ha permitido que los padre inviertan más, financiera y emocionalmente, en el bienestar de sus hijos. Me parece que los padres de hoy, aunque son bien intencionados, protegen demasiado a sus hijos y se desviven por darles toda clase de privilegios.

Les decoran sus cuartos con colores estimulantes, les compran juguetes educativos. Aprovechan toda oportunidad para fortalecer la autoestima de sus hijos y elogian por lo listo, competitivos y talentosos que son. Para lograrlo, sacrifican su tiempo personal, amistades e intereses, y no escatiman en gastos, organizan costosas fiestas de cumpleaños como si sus hijos fueran príncipes y princesas. No sorprende, pues que les regalen autos y les den jugosas sumas para comprarse ropa una vez que se han hecho adultos.

Los padres de los jóvenes de hoy (me cuento entre ellos) fueron educados de muy diferente manera. Los niños de antes andaban siempre con niños, y los adultos, con otros adultos. Los deportes se practican al salir de la escuela, no el fin de semana y los padres no siempre asistían a los juegos. La educación de los niños normalmente se dejaba a los maestros y nuestros padres no se preocupaban tanto por si éramos felices, se preocupaban por su propia felicidad, los padres de hoy esto quizá les parezca el colmo del egoísmo, pero a los que éramos chicos en realidad nos gustaba.

Las familias solían ser más numerosas y debía de estirar el dinero. Muchos niños trabajaban medio tiempo para ayudar con los gastos, y tanto padres como hijos daban por hecho que en cuanto un joven se graduara del bachillerato o de la universidad y consiguiera un empleo, se volvería económicamente autosuficiente.

De acuerdo con la psicóloga Wendy Mogel, de California, los padres de hoy se afanan mucho por hacer que sus hijos se sientan bien, pero se olvidan de enseñarles a ser buenas personas. Un rasgo distintivo de los niños que reciben demasiado es la falta de interés por lo demás y una clara tendencia al egoísmo. Los niños consentidos suelen ser malos compañeros en la escuela y pésimos esposos.

Está muy arraigada la creencia de que hay que hacer felices a los hijos a toda costa, y que cuanto más se les dé, tanto más felices serán. Pero lo cierto es que cada día hay más jóvenes adultos prepotentes y engreídos, y más padres resentidos y cansados de no saber cómo remediarlo.

Los niños descubren sus capacidades y limitaciones a base de instintos, de éxitos y fracasos y aprenden a desarrollar la invaluable habilidad de sobreponerse a los inevitables reveses de la vida. La sobreprotección de los padres de hoy a menudo los priva de la oportunidad de poner a prueba su potencial.

Gran parte de la vitalidad con que una persona llega a la edad adulta depende de que haya pasado su infancia aprendiendo, luchando por alcanzar lo que se desea y viendo que sus padres hacen lo mismo. No es casualidad que una de las primeras frases completas que todo niño aprende a decir sea “lo voy a hacer yo solo”.

Los niños que han sido criados por padres que viven solo para hacerlos felices no se convierten en adultos generosos, sino en sujetos dependientes y egoístas. No serán ellos quienes hereden la tierra. Y al igual que sus padres, quizá se pasaran la vida preguntándose por qué.

Por: Patricia Dalton, Directora Fray Felipe Bilingual School.

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